TESINA: “Las mujeres: se matriculan en la profesión Trabajo Social en mayor cantidad que los hombres”

miércoles, 23 de febrero de 2011

UN POQUITO DE HISTORIA

La década del treinta es históricamente conocida como la “Década Infame”, tanto porque fue una sucesión de gobiernos militares y civiles que basaron su dominio en el fraude electoral, así como por la corrupción política de los más variados actores sociales que detentaron el poder.

Dos acontecimientos externos repercutieron sobre la estabilidad económica del país: la crisis del `29 y la Segunda Guerra Mundial iniciada una década después.

La caída de la Bolsa de Nueva York y su repercusión en todo el mundo, provocó la baja de las exportaciones, especialmente de carnes, y por consiguiente, la disminución de las divisas para la importación. Éstas circunstancias hicieron que se iniciara lo que luego se conocería como el “Proceso de Sustitución de Importaciones”. Al no estar en condiciones de importar, debieron producirse en el país aquellos productos de consumo que antes se traía del exterior. Con maquinarias obsoletas y en condiciones aún precarias, se desarrollaron las industrias alimenticias y textiles básicas.

Si bien estas circunstancias parecían transitorias, el inicio de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, no hizo más que profundizar el proceso.

A comienzos de la década del ´40, un grupo de militares nacionalistas se reunieron en una logia denominada G.O.U. (Grupo de Oficiales Unidos); éste grupo tomó el poder en 1943 derrocando al presidente CASTILLO y poniendo fin a la “Década Infame”.

El sistema político corrupto y fraudulento había perdido legitimidad y el ejército se había convertido en un importante factor de poder político. Fue en éste contexto que ocurrió el golpe de estado de Junio de 1943 que motorizaría el ascenso de PERÓN al poder.

El 24 de Febrero de 1946 PERÓN triunfa en las elecciones y un nuevo país se institucionalizaba.

Durante el gobierno peronista, el Estado mantuvo una intensa actividad interventiva tanto a nivel económico como social y su política fue una combinación entre redistribución del ingreso, principalmente a los sectores urbanos y el aliento a una industria nacional.

Las políticas sociales que desarrolló su gobierno se basó en tres grandes líneas:

·        Política social estatal

·        Los sindicatos

·        La Fundación Eva Perón


“Con respecto a la política estatal, el Estado aseguró sus principios de justicia social; promovió la legislación de derechos sociales principales y los derechos de los trabajadores. En cuanto a la capacitación del capital humano, la educación en general y la capacitación técnica en particular, se constituyeron en una preocupación central del Estado”[1].

“En cuanto a los sindicatos, la integración de la C.G.T. con el gobierno y la promulgación de leyes obreras permitieron que éstos desarrollaran una intensiva intervención en el área social. La obligatoriedad de los aportes, que tanto trabajadores y empleadores debían realizar, hizo que los sindicatos contaran con importantes fondos. Se realizó una considerable inversión en la asistencia social, asistencia médica, promoción de la vivienda, turismo social de los afiliados”[2], entre otras cosas.

Precisamente fue la Fundación Eva PERÓN la tercera línea de la política social peronista, ésta se creó con el objetivo de “realizar una obra de verdadero interés social”[3].

La Fundación desplegó una intensa actividad entre el gobierno y aquellos sectores que no recibían beneficios a través de los sindicatos por no estar afiliados a los mismos, y entre aquellos que se encontraban al margen del sistema productivo: mujeres, niños, ancianos, desempleados, enfermos, pobres rurales y urbanos, etc.

En la “Fundación Eva Perón” las mujeres tuvieron un rol protagónico en su ejecución, y al mismo tiempo, siguieron siendo el blanco principal de toda política dirigida a la familia popular y su cotidianeidad, como espacio privilegiado de la reproducción de la fuerza de trabajo. En éste sentido el peronismo estaba basado en el discurso doméstico y acentuado en la “ideología del amor”.

La concepción de Eva PERÓN sobre la “ayuda social” difería tanto de la concepción de los higienistas como la de la Sociedad de Beneficencia. Para ella “la ayuda social era un derecho y ella no hacia más que devolver lo que como tal correspondía al pueblo”[4].

La labor del Partido Peronista Femenino fue sin duda de trascendente significación política. Sin embargo el ejercicio de la política por parte de éstas mujeres se dirigió mayormente a un campo específico: aquel de lo doméstico y lo cotidiano y su acción fue primordialmente volcada al campo de lo asistencial. A éstas Eva PERÓN las llamaba las “CELULAS MINIMAS”. Ella explicaba que…

“las células mínimas son las asistentes sociales que recorren el territorio de la patria para ir a ver en cada casa, en cada lugar, el problema que ha de solucionarse de inmediato.”[5].

En 1952, con el fallecimiento de Eva PERÓN, se producen cambios significativos en la Fundación, siendo tres años después (en 1955) disuelta por el gobierno de ARAMBURU.

En 1955 un golpe de estado derrocó al General PERÓN siendo sucedido por el General LONARDI quién muy pronto fue depuesto por el General ARAMBURU.

La Revolución Libertadora de 1955 fue un intento de restauración que se expresó en los más diversos niveles. Negados a ver un país diferente al de la década anterior, se pretendió acallar a las masas populares con una política represiva. Se buscó eliminar por decreto todo vestigio de la “ayuda social” de la “Fundación Eva Perón” para volver a las antiguas formas asistenciales y moralizantes más tradicionales.
Sin embargo, ni la coyuntura política ni la situación internacional permitió mantener inmune las estructuras asistenciales; éstas no bastaban para controlar el “potencial subversivo” de las amplias masas de trabajadores. Por ello, en 1957, bajo la presidencia del General ARAMBURU, el gobierno nacional solicitó asesoramiento técnico sobre la enseñanza de Servicio Social a la Administración de Asistencia Técnica de la Organización de Naciones Unidas.

Fue así como en Octubre de ese mismo año asumió ésta función Valentina MAIDAGÁN DE UGARTE, quién luego de evaluar algunos planes de estudio pronunció un informe en donde sostenía que la formación que se brindaba a los Asistentes Sociales estaba más centrada en aspectos teóricos y de disciplinas afines al Servicio Social y en menor proporción al adiestramiento práctico y con disciplinas propias de la profesión, recomendando una serie de modificaciones a ser implementadas por las unidades académicas tendientes a mejorar los niveles de la formación profesional[6].

De esta manera llevaron adelante la modificación de los planes de estudio de las carreras y de la denominación de agentes, que ahora pasarían a denominarse Trabajadores Sociales, en el sentido que serían cuadros técnicos preparados para asumir la propuesta del desarrollo sea desde su planificación como desde su implementación.

MAIDAGÁN DE UGARTE señalaba que las denominaciones de “Instituto de Servicio Social” y de “Trabajo Social” tenían por objeto diferenciar y dar un nivel profesional a la enseñanza. Se tuvo en cuenta también que el título de “Trabajo Social” favorecía el ingreso de varones a la carrera; comprobándose que desde los inicios del Instituto las matrícula ascendió de sesenta alumnos de los cuales eran diecisiete varones (28,33%) y cuarenta y tres mujeres (71,66%)[7].

Para concluir éste marco teórico, se considera pertinente hacer referencia a algunas cuestiones significativas, a saber:

La cultura constituye un factor fundamental a la hora de decidir de qué lado de la línea divisoria deben ser colocadas las distintas actividades. Los hombres y las mujeres van siendo moldeados de distintas maneras por la sociedad a través de la forma en que son criados, de la educación y de sus ocupaciones de adultos.

Para poder comprender esto se cree pertinente abordar el concepto de “género” el cual es considerado como “un modelo de conducta que se construye socialmente y que varía de una sociedad y de un tiempo a otro. Una vez establecido, cada uno se comporta con arreglos a las características que le son atribuidas, en tanto su aprendizaje es temprano y abarcativo”[8].

Es necesario añadir que este concepto “alude a los aspectos psico-socio-culturales asignados a varones y mujeres por su medio social. Las diferencias, tanto individuales como sociales, entre varones y mujeres se vinculan con las características culturales del grupo de pertenencia y del contexto”[9].

Los caracteres asignados culturalmente a varones y mujeres permiten pensar como las diversas actividades que se presentan en la sociedad son más adecuadas a los rasgos, actitudes, formas de pensar de unos u otros.

Un ejemplo de ello son las calificaciones que se le adjudica a cada uno de los sexos, en el caso del varón es considerado como “fuerte, activo, racional, objetivo, riguroso, inventivo”[10], mientras que la mujer es considerada como pasiva, sensible, emotiva, dominada por las pasiones, inestable, maleable.

Ésta división del roles, que constituye la base ideológica de un modelo ideal de familia, es definida desde el discurso dominante, a partir del cual se articula el ordenamiento y el disciplinamiento social. Esto puede verse con total claridad si nos remontamos a la historia de nuestro país. Un ejemplo de ello es el caso de la “Sociedad de Beneficencia”.

RIVADAVIA en su discurso pronunciado en 1823, con motivo de la ceremonia de instalación de la Sociedad, expresó conceptos muy claros con respecto a la condición femenina: sensibilidad, dotes del corazón (…) e instó también a la participación de la mujer en el mercado laboral, al beneficio que ello aportaría a la riqueza pública, a la economía y a la dependencia consecuente respecto al hombre.

También planteó “la necesidad de que las mujeres se aplicaran a muchos destinos desempeñados comúnmente por los hombres, y para los que seguramente tienen las primeras más aptitudes que los últimos (…) éste ejercicio de la industria en las mujeres haría que “ellas mismas dieran lo que no dan ahora” y adquieran “por si mismas sus medios de subsistencia”.[11]

Según TENTI FANFANI “la beneficencia fue una tarea femenina: “debía ser hecha por mujeres”. La índole moral de los problemas que la beneficencia pretendía resolver, hacia apta particularmente a la mujer para atender problemas considerados “propio de su sexo”. Para ejercer la beneficencia bastaba con ser mujer y poseer cualidades morales reconocidas como intachables.

En esa época se consideraba que “todas las mujeres eran madres en potencia, y en el ámbito de la beneficencia las mujeres se constituían también en madres de los pobres”[12].

Otro ejemplo que podemos encontrar refiere a la creación los “Cursos de Visitadoras de Higiene Social”, dependiente del Instituto de Higiene de la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA en 1924.

Producto de las complejas condiciones sociales (debido al alto crecimiento de la población, las precarias condiciones de hábitat y los servicios públicos insuficientes) se hizo necesario que el Estado comenzara a ocupar un lugar dentro de las tareas benéficas encontrando en las mujeres las condiciones necesarias para ello.

Esto generó la necesidad de una preparación a personas idóneas para la misma, primando un interés especial por las mujeres ya que se requería compatibilizar virtudes como la generosidad, el desprendimiento, el amor al servicio del otro, con la destreza técnica para realizarlo.

“Ésta nueva corriente filosófica “los Médicos Higienistas” estaba orientada, a nivel de los lineamientos ideológicos, por médicos varones, en tanto, la ejecución quedaba en manos de mujeres. Se reeditaba, fuera de los marcos de la vida privada, la relación de poder entre un varón poseedor del saber y de la capacidad de decisión, y entre una mujer que asimilaba y ejecutaba las indicaciones de aquel[13].

Si bien la escuela abrió sus puertas tanto a mujeres como a varones, ésta asumió un carácter eminentemente femenino. Las exigencias de personalidad, las instancias de la vida social hacia las cuales se dirige su acción (lo doméstico y lo cotidiano), el carácter auxiliar de la profesión y los requisitos para su ejercicio, la definían, de hecho, como tal”[14].

 Y para finalizar el último de los ejemplos refiere a la “Fundación Eva Perón”.

En la Fundación las mujeres tuvieron un rol protagónico en su ejecución, y al mismo tiempo, siguieron siendo el blanco principal de toda política dirigida a la familia popular y su cotidianeidad, como espacio privilegiado de la reproducción de la fuerza de trabajo.

Eva PERÓN decía de las mujeres, hay dos elementos importantes: primero, que ellas habían ganado el voto como derecho político; y segundo, aunque habían superado la etapa de “tutelaje”, su función seguía siendo la maternidad.

El voto eran una forma en que las mujeres podían ejercer una mayor influencia política, pero para Eva, ésta influencia debía ejercerse, sobre todo, dentro de la esfera femenina por excelencia: el hogar. “En el discurso peronista, la participación política de la mujer, parecía una extensión de sus actividades domésticas”[15].

Con esto se intenta justificar las razones que demuestran que tantas mujeres vuelquen sus expectativas profesionales hacia aquellas disciplinas afines con características tales como la protección, el afecto, etc. Si bien se vienen produciendo cambios en las últimas décadas, todavía sigue estando presente en el imaginario social que las actividades relacionadas con el mundo privado son esencialmente para mujeres.

“Tampoco se ha cambiado totalmente la percepción que la mayoría de las mujeres tienen de si mismas. Aún son las encargadas del trabajo de “amar” y de cuidar los vínculos afectivos, disposición que facilita que en el plano laboral-profesional ellas se relacionen con prácticas en las que ésta prescripción siga imperando”[16].

Si para hacer Trabajo Social se requiere básicamente poder establecer comunicación afectiva con los demás y ser sensible a sus problemas cotidianos, son mayormente mujeres las entrenadas en para tales cuestiones, es lógico que esta profesión sea ejercida mayormente por ellas.














[1] GRASSI, Estela; “La mujer y la profesión de Asistente Social. El control de la vida cotidiana”; Editorial Humanitas; 1989; p.p. 80
[2] GRASSI, Estela; “La mujer y la profesión de Asistente Social. El control de la vida cotidiana”; Editorial Humanitas; 1989;  p.p. 82, 83
[3] GRASSI, Estela; ídem; p.p. 82
[4] GRASSI, Estela; “La mujer y la profesión de Asistente Social. El control de la vida cotidiana”; Editorial Humanitas; 1989; p.p. 89, 90
[5] ALAYON, Norberto; “Historia del Trabajo Social en Argentina”; Ediorial Espacio; 5º edición; 2007; p.p. 82
[6] ALAYON, Norberto; “Historia del Trabajo Social en Argentina”; Ediorial Espacio; 5º edición; 2007; p.p. 220
[7] PARRA, Gustavo; “Antimodernidad y Trabajo Social. Orígenes y Expansión del Trabajo Social Argentino”; Luján, Dpto. de Ciencias Sociales/UNLu, 1999; p.p. 163
[8] GRASSI, Estela; “La mujer y la profesión de Asistente Social. El control de la vida cotidiana”; Editorial Humanitas; 1989; p.p. 24, 25
[9] GENOLET, Alicia y otros; “La profesión de Trabajo Social ¿Cosa de mujeres?”; Editorial Espacio; 2005; p.p. 36
[10] SINAY, Sergio; “La masculinidad toxica. Un paradigma que enferma a la sociedad y amenaza a las personas”;Editorial Ediciones B Grupo Zeta; 2006; p.p. 26
[11] GRASSI, Estela; “La mujer y la profesión de Asistente Social. El control de la vida cotidiana”; Editorial Humanitas; 1989; p.p. 38
[12] PERROT, Michel; “Historia de las mujeres” vol 8; ediciones tautus; Madrid; 1993; p.p. 156
[13] GRASSI, Estela; “La mujer y la profesión de Asistente Social. El control de la vida cotidiana”; Editorial Humanitas; 1989; p.p. 48
[14] GRASSI, Estela; ídem; p.p. 58
[15] PLOTKIN, Mariano; “Mañana es San Perón”; Editorial Airel; Colección Historia Argentina; Buenos Aires; 1994; p.p. 263
[16] GENOLET, Alicia y otros; “La profesión de Trabajo Social ¿Cosa de mujeres?”; Editorial Espacio; 2005; p.p. 46

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